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Realidad, tiempo y memoria

  • Siete tomos conforman En busca del tiempo perdido
  • Más de 200 personajes deambulan por los laberintos de la memoria
  • La obra supera las 3.000 páginas

En una época en la que la sociedad padece la infoxicación continua, parecería ilógico dedicar un artículo a una sola persona, a un solo artista. En una época en la que los aniversarios y días mundiales de cualquier cosa ahogan el pensamiento libre. En una época en la que hace un segundo se convierte en el ayer, el futuro en el ahora y el presente en un suspiro. En esta época no entenderíamos cómo un escritor podía tardar más de mil ochocientas cuarenta y cinco palabras en describir la sensación que experimentó al comerse una magdalena mojada en té. Y digo tarda porque Marcel Proust concebía el tiempo de otra manera, diferente. Ahora no sorprendería, pero el viernes 14 de noviembre de 1913, este autor dio un gran paso en la creación de una nueva manera de entender la narrativa.

Hace cien años Marcel Proust sorprendió a la sociedad. Por el camino de Swann fue la primera entrega de En busca del tiempo perdido, una inmensa obra que escribió a lo largo de un dilatado espacio de tiempo y que no se terminó de publicar hasta 1927, un lustro después de su muerte. Al volumen inicial le siguieron A la sombra de las muchachas en flor (1919), El mundo de Guermantes (1920), Sodoma y Gomorra (1922), La prisionera (1923), La fugitiva (1925) y El tiempo recobrado (1927).

Foto: HomoCultum

Foto: HomoCultum

París se había convertido en la capital europea de la cultura en el período de finales del siglo XIX y principios del XX. Una ciudad que acogió la esencia del pensamiento, la literatura o la pintura. Un París del que también emanaba pasión política y obrera como se reflejó en las revueltas de la Comuna. Fue una época de cambios que desembocó en una profunda crisis de valores.

Las nuevas generaciones de escritores no encontraron en el Realismo, océano por el que navegaba la cultura del XIX, las respuestas a sus necesidades. Como ha afirmado Margarita Garbisu, titular de la asignatura de Literatura de la Universidad a Distancia de Madrid: «La cultura y la vida deja de medirse en parámetros puramente empíricos y objetivos. La simple descripción utilizada para captar la realidad del momento presente no es suficiente».

Foto: HomoCultum

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Proust quiso captar la realidad en su novela, pero la realidad entendida como «la vinculación del tiempo presente con el tiempo pasado, atrapado este a través de la memoria». Proust entendía la memoria como la suma de las memoria voluntaria e involuntaria; y es la involuntaria, guiada por las sensaciones, la que despierta los auténticos recuerdos almacenados en el subconsciente. Con su obras, Proust da vida a una nueva narrativa que viaja por el tiempo a través de la memoria, a través de la memoria de un narrador que va relatando su realidad. Una realidad capaz de hacernos viajar, a nosotros lectores, durante páginas. «Se trata de la ruptura del equilibrio temporal. El tiempo de la narración se aleja del tiempo real y nos traslada en medio de la lectura hasta un tiempo pasado evocado por las sensaciones».

Es por ello por lo que se pueda resumir esta genial obra bajo el paraguas de tres conceptos, tres claves que nos ayudan a comprender el universo de Marcel Proust: realidad, tiempo y memoria.

Nacho Bautista // Las Palmas de Gran Canaria

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