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El faro que alumbró la década más brillante de la cultura del siglo XX

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En julio de 1923 vio la luz la más emblemática de las revistas culturales, en una época en que este tipo de publicaciones se caracterizaba por su brillantez y excelencia. Con una tirada de 3.000 ejemplares por número, su intención era servir de apoyo a una minoría culta para salir de la incertidumbre intelectual y espiritual en el que España estuvo sumergida durante la dictadura de Primo de Rivera y oponerse al aislamiento cultural del país.

Nacida de la mano de José Ortega y Gasset, el filósofo no solo fue su editor, sino el alma de una revista que era reflejo de su visión cultural; supo mantenerla en lo más alto hasta julio de 1936. En ese momento, el estallido de la Guerra Civil trajo consigo el fin de una etapa gloriosa de la cultura española y llevó al exilio a muchos intelectuales –incluido él mismo–.

Artículo de Gerardo Diego, número de enero de 1924 / Foto: Biblioteca Nacional de España

Artículo de Gerardo Diego (Revista de Occidente, enero de 1924) / Foto: Biblioteca Nacional de España

Su máximo afán era la divulgación; publicaba mensualmente ensayos de carácter general y sin secciones definidas, convirtiéndose en el lugar donde expresar una idea común: la cultura no tiene fronteras.

La base fundamental, aparte de los selectos temas que trataba, fueron los colaboradores, ya que Ortega supo rodearse de los mejores intelectuales del momento, en todos los campos, españoles y extranjeros –alemanes, en su mayoría, siguiendo su línea de pensamiento e influencia–: el físico Albert Einstein; el neurólogo y psiquiatra Ernst Kretschmer; los economistas Werner Sombart y Luwdin von Misses; los filósofos Max Xcheller, Xavier Zubiri, José Gaos, Ramiro Ledesma Ramos, María Zambrano, Bertrand Russell o Georg Simmel; los escritores Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Enrique Díez-Canedo, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Espina, Pío Baroja, Francisco Ayala o Rosa Chacel.

En Revista de Occidente se dieron a conocer en España escritores de la talla de Kafka, Joyce, Wolf, Dos Passos, Hemingway o Giraudoux, entre otros y por sus páginas pasaron representantes de dos irrepetibles generaciones: la del 98 y la del 27, entre los que se encontraban Azorín, Baroja, Alberti, Lorca o Miguel Hernández.

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En el primer número, Ortega escribe “Propósitos”, su declaración de intenciones y columna vertebral de su publicación, donde afirma que su deseo es reflejar lo esencial de la vida europea y americana, en todos los campos del conocimiento. Para él, tanto la sencillez como la modestia –aunque solo fuera aparente– eran la base fundamental de su obra y de sus publicaciones.

«La Revista de Occidente quisiera ponerse al servicio de ese estado de espíritu característico de nuestra época. Por esta razón, ni es un repertorio meramente literario ni ceñudamente científico. De espaldas a toda política, ya que la política no aspira nunca a entender las cosas, procurará esta revista ir presentando a sus lectores el panorama de la vida europea y americana. Nuestra información tendrá, pues, un carácter intensivo y jerarquizado. No basta que un hecho acontezca o un libro se publique para que deba hablarse de ellos. La información extensiva sólo sirve para confundir más el espíritu, favoreciendo lo significante, en detrimento de lo selecto y eficaz. Nuestra revista reservará su atención para los temas que verdaderamente importan y procurará tratarlos con amplitud y rigor necesarios para su fecunda asimilación (…). Atenderemos a las cosas de España, pero, a la vez, traeremos a estas páginas la colaboración de todos los hombres de Occidente, cuya palabra ejemplar signifique una pulsación interesante del alma contemporánea». (Fragmento de Propósitos).

Posteriormente, en diciembre de 1924, escribe Parerga-Cosmopolitismo, trasladando a su revista su teoría elitista, basada en la obra Decadencia del mundo antiguo, de Otto Seek, que trata sobre la penalización de los mejores y la decadencia de Europa. Se trataba de defender la alta cultura, por un lado, y el deseo de unir al viejo continente, por otro:

«(…) Hoy conviven más íntimamente ciertos hombres de ciencias alemanes o ingleses con sus congéneres de España o de América que con la masa de su país». (Fragmento de Parerga-Cosmopolitismo).

De este modo, en “Los tipos de humanidad: La unidad de Europa” –aparecido en diciembre de 1924–, Hass afirma: «La estructura y cultura del europeo es la unidad en la multiplicidad». Paul Valéry firma “Notas sobre la grandeza y la decadencia de Europa” en abril de 1927 y recuerda que este continente siempre se ha distinguido por su libertad de espíritu.

En su labor europeísta no estuvo sola y compartía visión cultural con la inglesa The Criterion, la francesa La Nouvelle Reveue Française, la Nuova Antologia italiana y la Europaeische Revue alemana. A todas estas publicaciones les unía su visión universal de la cultura.

Su colaboración se hizo notar en el intercambio de textos y colaboradores, en distintas reseñas de una revista sobre otra e, incluso, en la organización de un concurso de relato escrito en cualquiera de las cinco lenguas –del que solo llegó a celebrarse su primera edición, en 1929–.

Mención a Revista de Occidente en Mediodía, revista sevillana de literatura (número de febrero de 1928)

Mención a Revista de Occidente en Mediodía, revista sevillana de literatura (número de febrero de 1928) / Foto: Biblioteca Nacional de España

Durante esta etapa, y teniendo como público un Occidente en pleno proceso de renovación, fue el adalid de una cultura sin fronteras, al incluir a todo el mundo que hablaba una misma lengua, de este y del otro lado del Atlántico. Por eso, vuelve la mirada hacia América y trata temas como el racismo –El “Ku Klux Klan”, de Frank Bohn, en 1926– o la desmitificación de la mujer –”La mujer norteamericana”, del mismo autor, en 1929– e intenta aportar soluciones a la crisis ocurrida tras el crac de 1929 con artículos como “Las causas de la crisis económica”, del economista von Misses, publicado en febrero de 1932 o “El porvenir del capitalismo”, de Werner Sombart, aparecido en agosto del mismo año.

Los años treinta trajeron la Segunda República española y una recesión económica, de proporciones desconocidas hasta entonces, asoló Europa. Ortega intenta interpretar los acontecimientos del tiempo que le toca vivir y su influencia se hace notar aún más en sus colaboradores.  El continente sufría el cambio de valores de sus habitantes y los intentos de elaborar una gran cultura unida, aun siendo la única salida, habían fracasado.

En “Europa en crisis” –septiembre de 1935–, Maravall se lamenta de la incapacidad de Europa para crear una cultura. Por su parte, Miguel Prawdin, en “La idea de Europa” –diciembre de 1935–, afirma que ya no queda nadie que destaque culturalmente y sea capaz de sobresalir por encima de la masa.

Segunda etapa

En abril de 1963, José Ortega Spottorno, hijo de Ortega y Gasset, decide que es momento de que España recupere el esplendor de años atrás y vuelve a editar Revista de Occidente, en una segunda etapa que se extenderá hasta septiembre de 1975.

Sin embargo, son momentos duros. Las mentes brillantes que poblaron sus páginas décadas atrás han sido silenciadas por la contienda de 1936 o se han visto obligadas a exiliarse, por lo que resulta imposible recuperar el pasado. Además, la censura característica de esta época –aunque aparentemente aligerada con la Ley Fraga de 1966– supone una dificultad añadida.

Quizá por eso, aunque se intenta conseguir, de nuevo, una normalización cultural en un país pobre y triste, esta etapa se sitúa muy a la sombra de la anterior. Aún así, es innegable el mérito de Ortega Spottorno por reivindicar un hueco para una publicación trascendental en la historia de la cultura española.

El propio Ortega había intentado resucitarla en 1950 pero, por cuestiones de si había rendido o no pleitesía a quien debería haberle concedido la autorización, murió sin conseguirlo.

Destacado 2

En esta nueva era, se dedica más espacio en la revista a los artículos de creación y crítica literaria pero, por lo demás, Ortega Spottorno intenta ser fiel a la tradición. De hecho, en su primer número, vuelve a publicar los “Propósitos” de su padre, añadiendo dos nobles principios: la veracidad y la defensa de la libertad «tan gravemente amenazada y sin la cual tales imperativos resultan imposibles».

Sus deseos de continuidad se hacen evidentes tanto en su deseo de rodearse de fieles seguidores de Ortega, como en el de intentar recuperar antiguos colaboradores.

Los orteguianos que participan en esta nueva etapa son nombrados asesores y, entre ellos, se encuentran José Luis L. Aranguren, Fernando Chueca Goitia, Enrique lafuente, José Antonio Maravall, Julián Marías, José Luis Sampedro, Fernando Vela o Paulino Garagorri –parte de los cuales llegará a fundar El País unos años después–. Se trataba de difundir su propia obra pero, también, estudiar la de Ortega, aportando escritos inéditos.

Además, se contó con la ayuda de otros noveles, que han llegado a convertirse en autores reconocidos actualmente: Andrés Amorós, Miguel Artola, Antonio Elorza, Antonio Escohotado, Fernando Savater, etc.

Su mayor logro, durante esta etapa, fue servir de puente con los antiguos colaboradores que se encontraban en el exilio, para contribuir a superar la división de España. Se intenta así, por un lado, no dar de lado a estos autores y que se continúe conociendo su obra más reciente y, por otro, llamar la atención sobre los límites de la cultura española en esos momentos. En palabras de Fabra Barreiro –colaborador de la revista–, «se trata de representar una incitación para el pensamiento libre, crítico y fiel a sí mismo».

Revista de Occidente, octubre de 1925 / Foto: Biblioteca Nacional de España

Revista de Occidente, octubre de 1935 / Foto: Biblioteca Nacional de España

Evidentemente, aunque relajada, la censura estaba ahí y había que intentar sortearla lo mejor posible. En este sentido, se tomaron algunas medidas, como el retraso en la publicación de algunos artículos hasta los últimos momentos del régimen. Tal fue el caso de la entrevista de Luis Pancorbo a Alberti o de Julio Ortega a Goytisolo, que aparecieron en los años setenta.

En total, alrededor de 800 firmas pasaron por la revista, de forma más o menos regular, durante estos doce años.

En abril de 1973, José Varela Ortega se incorpora como secretario de Redacción y se empieza a ver cambios. Desaparecen algunas secciones y aumenta el número de monográficos, cada uno con su propio director.

Sin embargo, esto significó un alejamiento de la actualidad que les rodeaba y que había sido siempre lo esencial en esta publicación. Por otra parte, el hecho de contar con distintos directores supuso la carencia de una línea editorial clara.

El resultado fue que, paulatinamente, se redujo el número de escritos específicos para la publicación, lo que supone un contrasentido con la intención de la propia Revista de Occidente, que pretendía informar sobre los últimos acontecimientos en todos los campos del conocimiento, para intentar paliar las limitaciones culturales de la época.

Si bien el primer número alcanzó los 10.000 ejemplares, la situación se mantuvo estable en 5.000. Por eso, a partir de febrero de 1975, Ortega Spottorno reacciona ante esta reducción en el número de lectores y decide asumir directamente las riendas.

Aún así no es suficiente para volver a remontar. El director alega como causa el incremento del precio del papel, que ha repercutido en el precio de venta, y el encarecimiento en los envíos realizados a América Latina. Aunque bien puede deberse a causas más profundas, como la aparición de revistas especializadas en las distintas disciplinas del conocimiento tales como El Urogallo, Reseña, Triunfo o Cuadernos para el Diálogo.

Revista de Occidente no fue la única publicación que intentó animar y elevar el espíritu de la población española en aquella época y, durante la Dictadura, no cesaron de salir a la luz nuevas publicaciones culturales, de mayor o menor influencia y duración. Quizás el problema fue no imitar al fundador en la selección de temas que Ortega mantuvo en su día. En cualquier caso, Ortega Spottorno, consciente de la situación, decidió cerrar las puertas de una otrora revista mítica en septiembre de 1975.

A pesar de eso, su aportación a una etapa gris de la cultura española fue notable, como lo es la falta de atención que este período de la historia de la revista ha recibido.

Revista de Occidente, febrero de 19389 / Foto: Biblioteca Nacional de España

Revista de Occidente, febrero de 1989 / Foto: Biblioteca Nacional de España

Actualidad

No mucho tiempo después –en el mes de noviembre del mismo año–, renace de sus cenizas en nueva etapa, con nuevo formato, incorporando gran número de ilustraciones y con temas de actualidad sobre arte, ciencia, literatura, filosofía y teatro, además de incluir nuevos textos poéticos.

En los años ochenta, Soledad Ortega Spottorno, hija de Ortega, se incorpora a la dirección.

Actualmente, continúa siendo fiel, en lo esencial, al modelo original, aunque le concede una importancia algo más reducida a la literatura.

En 2001, Ignacio Sánchez Cámara –filósofo, ensayista, periodista, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña y adjunto al Director de ABC– fue nombrado  secretario de Redacción y, rememorando la historia de la revista en una entrevista concedida al diario donde trabajaba, dijo: «Hoy la revista no puede ser lo que fue en su primera época, entre otras cosas, porque el papel que hoy desempeña España en el ámbito europeo no es el mismo de otros tiempos. Creo que lo fundamental de la primera época fue la labor de incorporar a España el pensamiento que se estaba produciendo en Europa y en América, así como la atención que se prestó a las vanguardias y al descubrimiento de nuevos autores (…). Tuvo el criterio y la jerarquía de discernir lo que era valioso».

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Efectivamente, todo el mundo reacciona con elogios cuando vuelve la mirada al pasado y recuerda la primera etapa de la publicación. Algo irrepetible, por muchas circunstancias.

Con motivo de la celebración del 70º aniversario de Revista de Occidente, el poeta Antonio Martínez Sarrión dijo: «Fue un faro en un momento extraordinario de la cultura española». Por su parte, Magdalena Mora –editora de la revista en su cuarta etapa y responsable del número especial para conmemorar tan significativo evento–, afirmó que sus textos contribuyeron a expresar «los síntomas de una profunda transformación en las ideas, maneras, sentimientos e instituciones», ayudando a conocer el sentir y el pensar de una época.

En palabras de Evelyne López Campillo, autora de La Revista de Occidente y la formación de minorías (1923-1936): «Impermeable a la política, según el deseo de su fundador, presenta la característica de ser muy permeable a la evolución de la problemática de la sociedad española».

Es cierto que los tiempos cambian y las publicaciones se renuevan, pero puede que lo que haya ensombrecido a las posteriores etapas haya sido no saber o no poder separar Revista de Occidente de José Ortega y Gasset. En palabras de Ortega Spottorno: «La primera época de la Revista de Occidente constaba de un alma y un cuerpo. El alma era mi padre y, el cuerpo, Fernando Vela, su secretario».

Ortega miraba continuamente a Europa porque no entendía el aislamiento de España. Hoy se ha logrado una Unión Europea, aunque sea tan solo política y haya venido de la mano de las masas.

El filósofo abogó por una plena unidad europea, a través de la alta cultura y, para esa «inmensa minoría», fundó Revista de Occidente. Su legado ha sido un título de culto, que ha trascendido durante más de noventa años.

Mª Belén Cañizares // Toledo

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