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Las circunstancias del hombre

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«Yo tengo que ser, a la vez, profesor de Universidad, periodista, literato, político, contertulio de café, torero, ‘hombre de mundo’, algo así como párroco y no sé cuantas cosas más».

José Ortega y Gasset nació en Madrid el 9 de mayo de 1883, en el seno de una familia de la alta burguesía que siempre estuvo vinculada al periodismo y la política. Estas serán las dos pasiones que guiarán su vida.

Cursó sus estudios superiores en la Universidad de Deusto y en la Universidad Central de Madrid, donde se licenció en Filosofía y Letras en 1902, doctorándose dos años más tarde con la tesis Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda.

Posteriormente –y siguiendo la tradición de la época–, marchó a Alemania. Su estancia allí resultaría clave, pues su atracción por la filosofía, ciencia y técnica germanas llegó a convertirse en obsesión a lo largo de su vida. En este país estudiaría el idealismo, base de su posterior proyecto de regeneración ética y social en España.

En 1908 aprobó la oposición a profesor de Psicología, Lógica y Ética de la Escuela Superior de Magisterio de Madrid. Entre 1910 y 1936 ocupó el puesto de catedrático de Metafísica en la Universidad Central de Madrid.

A pesar de que en 1935 es considerado la figura más brillante del panorama filosófico español, recibiendo un homenaje organizado por la Universidad, un año después estalla la guerra y se ve obligado a comenzar un largo exilio, comenzando un largo peregrinaje. Primero marchará a París. Luego a Argentina –país al que había viajado por primera vez en 1916 y que le influyó considerablemente–, donde permanecerá hasta 1942. Y, posteriormente, a Lisboa.

A partir de 1945, regresa a España, tanto para poder mantenerse unido a su familia, como para promover distintas iniciativas con el Instituto de Humanidades que crea, junto con Julián Marías, en 1948. Sin embargo, no fijará aquí su residencia ni volverá a sentir a gusto en su patria.

En su ciudad natal muere el 18 de octubre de 1955, dejando huérfana a la cultura:

«Desde hoy el mundo tiene menos luz y España ha perdido su torre más alta» (Julián Marías. ABC, 19 de octubre de 1955).

«Fue una figura central, el gran organizador de todas las empresas culturales de esta época, además de su gran importancia como teórico; creo que ha sido el mejor ministro de Cultura sin cartera de la historia de España» (José Luis Aranguren. El País Semanal, 19 de octubre de 1980).

«Ortega es el primer escritor de nuestra época» (Pío Baroja. ABC, 19 de octubre de 1955).

Retrato de Ortega (Zuloaga)

Retrato de Ortega (Zuloaga)

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Filosofía y política

«Ortega puso al alcance del público español, unas veces en traducciones, otras en comentarios personales, las más importantes producciones del pensamiento filosófico de entonces» (Xavier Zubiri. Ortega, un maestro, 1983)

La filosofía de Ortega ha tenido hondo calado, no solo en España, sino también fuera. Gracias a un estilo literario y al empleo de metáforas y frases ingeniosas consiguió llegar al público en general –entendiendo por ‘general’ la élite por la que tanto apego sintió–.

Entre los intelectuales influidos por él destacan Xavier Zubiri, José Gaos, María Zambrano, Joaquín Xirau, Francisco Ayala, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías o Paulino Garagorri, entre otros. Con ellos colaborará en reiteradas ocasiones a lo largo de su trayectoria periodística.

Si bien estuvo influenciado por Kant al inicio de su teoría filosófica, consigue liberarse de él para construir la suya propia, elaborando un discurso de gran originalidad. Rechaza el racionalismo y el relativismo y llega a considerarse a sí mismo el iniciador de la ‘verdadera filosofía’, concebida como ‘ciencia de la vida’: «El tema de nuestro tiempo consiste en someter a la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo» (El tema de nuestro tiempo). Para él, las concepciones del mundo dependen del punto de vista y las circunstancias del individuo y la verdad se forma por la yuxtaposición de visiones parciales. Filosofía y vida son algo que va de la mano.

Ortega en su despacho de la calle Monte Esquinza, 28 (Muller, 1954)

Ortega en su despacho de la calle Monte Esquinza, 28 (Muller, 1954)

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Como buen representante de la Generación del 14, Ortega, se comprometió con la realidad que le tocaba vivir: «Es forzoso vivir a la altura de los tiempos y, muy especialmente, a la altura de las ideas del tiempo» (Misión de la Universidad).

Es consciente del problema de España que, para él, radica en el individualismo. Propone una toma de conciencia del espíritu español y una élite intelectual que se declare firme defensora del mismo, «una minoría encargada de la educación política de las masas» (Vieja y nueva política).

El europeísmo se muestra como algo fundamental para salvar a su país, llegando a afirmar en 1910: «Queremos una interpretación española del mundo (…). España es una posibilidad europea. Solo mirada desde Europa es posible España». (España como posibilidad)

Y la cultura como solución a todos los problemas: «La cultura es un menester imprescindible de toda vida, es una dimensión constitutiva de la existencia humana, como las manos son un atributo del hombre».

Para él, 1914 fue un año clave, pues vio la Gran Guerra como una ruptura de los ideales ilustrados. Su discurso Vieja y nueva política es leído en el acto fundacional de la Liga de Educación Política Española y, junto con Meditaciones del Quijote y Ensayo de Estética a manera de prólogo contiene las ideas fundamentales de su programa de una modernidad latina alternativa

Su corpus teórico se encuentra en España invertebrada (1921), El tema de nuestro tiempo (1923), La rebelión de las masas (1930), Ideas y creencias (1940), Historia como sistema (1940) y ¿Qué es la filosofía? (1929, publicado póstumo en 1958). Supone un análisis de la etapa histórica que le tocó vivir.

Liberal republicano, se opuso a la Dictadura de Primo de Rivera y contribuyó a la caída de la monarquía y a la proclamación de la II República.

Entre 1923 y 1936 vivió muy apegado a la política. Incluso tomó parte activa en 1931, como diputado de la Agrupación al Servicio de la República –partido al que también pertenecían Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Marañón–. Abandonó, desencantado, al año siguiente con un «No es esto, no es esto».

De esta época son sus escritos políticos La redención de las provincias y la decencia nacional –recopilación de artículos publicados entre 1927 y 1930–, Rectificación de la República –artículos, discursos y la conferencia ofrecida en el Cinema de la Opera de Madrid en 1931– y los discursos sobre El Estatuto de Cataluña –publicados por Revista de Occidente en 1932 en el libro La reforma agraria y el Estatuto catalán–.

Su obra también incluye varios libros sobre estética y crítica literaria, como Meditaciones del Quijote (1914), Ideas sobre la novela (1925), La deshumanización del arte (1925) o Goethe desde dentro (1932).

Desde su exilio de Lisboa prepara su obra póstuma: Velázquez, Sobre la razón histórica, Leibniz, El hombre y la gente y Epílogo.

Periodismo

«Yo he nacido sobre la rotativa de un periódico” (Ortega)

No solo fue una figura brillante en filosofía, sino que también destacó en el periodismo y las actividades editoriales, a las que dedicó gran parte de su vida, convirtiéndose en un impulsor de la cultura. «Haría de una Facultad de Cultura el núcleo de la Universidad y de toda la enseñanza superior» (Misión de la Universidad).

Comenzó colaborando en El Imparcial. El periódico había sido fundado por su abuelo, Eduardo Gasset y Artime en 1867 y, posteriormente, dirigido por su padre, José Ortega Munilla. Representaba uno de los primeros intentos por hacer del periodismo un negocio empresarial serio en España e inició la transformación de la prensa en nuestro país.

En 1874, el diario comenzó también a publicar uno de los mejores suplementos literarios de la época, Los Lunes de El Imparcial. Entre sus colaboradores se encontraban Emilia Pardo Bazán, Clarín, Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Azorín o Ramón Pérez de Ayala.

Los Lunes de El Imparcial, 14 de marzo de 1904

Los Lunes de El Imparcial, 14 de marzo de 1904

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El primer artículo de Ortega vio la luz el 14 de marzo de 1904, bajo el título El poeta del misterio. Sin embargo, sus artículos en seguida se tornarán políticos.

En 1917 abandona El Imparcial y comienza a trabajar en El Sol que, aunque fundado por Nicolás de Urgoiti, estaba inspirado por el propio Ortega. En él se publicarían la práctica totalidad de sus obras hasta 1931.

Este diario poseía cierto aire elitista y gran éxito, sirviendo de lanzamiento a la Agrupación al Servicio de la República. El 15 de noviembre de 1930 Ortega publicó “El error Berenguer”, con este final: «¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia».

Entró en declive a comienzos de los años 30 y la agonía duró hasta el final de la Guerra Civil.

En 1915, funda la revista España, que será clave para la Liga de Educación Política Española que había creado el año anterior. Su éxito fue enorme, pero la colaboración de Ortega solo dura un año.

El semanario reúne a lo mejor de la generación del 98 y del 14, como Antonio Machado, Pío Baroja o Ramiro de Maeztu.

En 1916, se embarcó en el proyecto El Espectador, que debía publicarse bimensualmente, pero sus ocho tomos se repartieron hasta 1934.

El Sol, 15 de noviembre de 1930

El Sol, 15 de noviembre de 1930

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Revista de Occidente, aparecida en 1923, es una visión de la filosofía europeísta de Ortega y un retrato de la cultura de principios de siglo, en toda su amplitud y riqueza.

En honor a la trayectoria y trascendencia de Ortega, el diario El País creó en 1984 los Premios Ortega y Gasset de Periodismo, para trabajos escritos, gráficos o audiovisuales en español, publicados en medios de comunicación de todo el mundo.

Parte de la Redacción de la revista España (1915) Ortega, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Zulueta, Penagos, Bagaría, Pittaluga...

Parte de la Redacción de la revista España (1915) Ortega, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Zulueta, Penagos, Bagaría, Pittaluga…

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Supo alentar a una generación

El 21 de octubre de 1955, los estudiantes universitarios se manifestaron en contra de la manipulación que había tenido lugar en torno a la muerte de Ortega.

La prensa había llegado a publicar que, en los últimos momentos de vida, había llegado el arrepentimiento y había solicitado la confesión –lo cual iba totalmente en contra de sus creencias y contradecía toda su labor filosófica–. En este sentido, unos días después, la propia familia envió una carta al entonces ministro de Educación, Ruíz Jiménez, cuya publicación fue prohibida. Hubo que esperar veinte años para que apareciera en las páginas de ABC.

Ortega en la Ciudad Universitaria de Madrid. Al fondo, la nueva Facultad de Filosofía y Letras (1934)

Ortega en la Ciudad Universitaria de Madrid. Al fondo, la nueva Facultad de Filosofía y Letras (1934)

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Pero en aquel día de finales de octubre de 1955 toda una generación le rindió homenaje: «Porque no está todo perdido. Aún podemos, de algún modo, ser discípulos suyos. Aún podemos ser una juventud con maestro. José Ortega y Gasset ha muerto. Pero quedan sus libros».

El acto oficial por parte de la Universidad se hizo esperar y fue muy forzado. Durante ese curso tuvieron lugar varios incidentes violentos, con algunos estudiantes heridos.

La desaparición del filósofo también provocó una honda crisis política y revueltas estudiantiles contra el régimen de Franco.

Placa conmemorativa en la fachada de la casa que le vio nacer

Placa conmemorativa en la fachada de la casa que le vio nacer / Foto: Ricardo Cañizares

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Fragmento de El quehacer del hombre, procedente de “El Archivo de la Palabra” del Centro de Estudios Históricos, editado por la Residencia de Estudiantes, en la voz del propio filósofo.

Mª Belén Cañizares // Toledo

 

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